Han pasado 50 largos Septiembres, para el exilio cubano, desde que se honro a la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba, por primera vez, aqui en Miami. Eso fue en el año 1961.
En aquella primera celebracion, se esperaba una asistencia de unos 1500 o maximo 2000 fieles, pero la realidad de la asistencia fue impactante, pues se estimo en mas de 30,000 personas en el antiguo Stadium Bobby Maduro de la ciudad de Miami.
Cada aniversario, esta celebracion, ha ido creciendo, y hoy por hoy, no solo se acercan , aquellos primeros cubanos que asistieron, sino, los hijos de aquellos y hasta los nietos, tambien.
Anoche se celebro esta fiesta con una alto nivel de patriotismo pero tambien con un elevado nivel de devocion y de esperanza, para que la Virgen de la Caridad, interceda para una liberacion del yugo comunista que oprime a nuestro Pais, desde el ano 1959.
Exclamaciones de: "VIVA CUBA LIBRE", " LA CARIDAD, NOS UNE", destacaban el deseo de los presentes en el acto de terminar con la situacion que nos mantiene separados de nuestra tierra y a la cual, nunca podremos olvidar, no importa el tiempo que transcurra.
El grado de espiritualidad y de fervor demostrado por todos los participantes, muy bien nos hacen reflexionar, que sobre todo, esta el amor patrio y el amor a los hermanos, no importa donde y como piensen, pues con actuaciones asi, es como llega el mensaje de amor de Jesucristo hacia todos, y que Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, como Madre de Cristo, intercede por todos nosotros en nuestra aspiracion de Libertad y de Union de todos los cubanos.
"VIVA LA CARIDAD DEL COBRE"
Jose A. Chaviano Febles.
Un Cubano Catolico.
viernes, 9 de septiembre de 2011
viernes, 29 de julio de 2011
“EL SOL QUE SIEMPRE BRILLA”
El Sol se eleva en el cielo,
trayendo su luz y su calor,
tambien dejándonos saber,
la grandeza, de la Creación.
Creación perfecta y alegre,
que se manifiesta por doquier,
gracias a la bondad de nuestro Dios,
que nos lo entrega todo, solo, por amor.
Este amor, que El nos brinda,
lo debemos abrazar,
y también, hacerlo llegar,
a todos, quienes lo quieran.
Por eso, amigos todos:
¡Ahí les llegue mi abrazo,
lleno de esa luz y de ese calor,
que mi Dios ha permitido,
que lo entregue a mis amigos,
como homenaje supremo,
a la amistad y al amor!
¡Que tengan una Feliz Vida!
¡Que la Paz, reine en sus almas!
¡Que el Amor, siempre este latente y vivo!
Y que nuestro Dios, siempre te guie y te acompañe.
Jose Angel Chaviano Febles.
July 29, 2011
© Derecho de Autor.
(Todos los derechos reservados).
trayendo su luz y su calor,
tambien dejándonos saber,
la grandeza, de la Creación.
Creación perfecta y alegre,
que se manifiesta por doquier,
gracias a la bondad de nuestro Dios,
que nos lo entrega todo, solo, por amor.
Este amor, que El nos brinda,
lo debemos abrazar,
y también, hacerlo llegar,
a todos, quienes lo quieran.
Por eso, amigos todos:
¡Ahí les llegue mi abrazo,
lleno de esa luz y de ese calor,
que mi Dios ha permitido,
que lo entregue a mis amigos,
como homenaje supremo,
a la amistad y al amor!
¡Que tengan una Feliz Vida!
¡Que la Paz, reine en sus almas!
¡Que el Amor, siempre este latente y vivo!
Y que nuestro Dios, siempre te guie y te acompañe.
Jose Angel Chaviano Febles.
July 29, 2011
© Derecho de Autor.
(Todos los derechos reservados).
lunes, 1 de noviembre de 2010
"ORACION: "SEÑOR, QUEDATE CONMIGO"
Señor, quédate conmigo!
Te amo mucho, Señor; quédate conmigo. Te necesito, Señor, quédate conmigo. Porque sólo Tú eres mi roca, mi protección, mi escudo, mi defensor.
Señor, quédate conmigo.
Camino contigo, Señor, y me siento muy seguro porque sé que estás a mi lado, quédate conmigo. Porque sólo Tú eres mi refugio, Señor, donde puedo esconderme de todo peligro, ansiedad o preocupación en mi vida, donde puedo encontrar la paz interior, la seguridad y la tranquilidad que necesito.
Señor, quédate conmigo.
Porque sólo Tú eres mi fuerza, Señor, el poder de hacer lo que debo hacer y evitar lo que debo evitar. Contigo yo puedo hacer todo, pero sin Ti no puedo hacer nada. Estoy seguro de eso, porque sólo Tú eres mi redentor.
Señor, quédate conmigo.
Has derramado tu sangre por mí para pagar la deuda de mis pecados, una deuda muy grande y la has pagado con tu sangre. Has lavado las manchas de todos mis pecados con tu sangre y has sufrido el castigo que yo merecía por mis pecados para darme una vida nueva, una vida que vale la pena, que tiene un proyecto, que tiene un fin glorioso. Señor, quédate conmigo. Y estoy experimentando esta vida nueva ahora y me da mucha confianza en Ti, Señor, porque sólo Tú eres mi Salvador.
Señor, quédate conmigo.
Me has salvado, me has liberado, me has sacado de la muerte, de mi egoísmo y has abierto las puertas del cielo para mí. No estoy más encarcelado por mis adicciones, mis compulsiones, ni las tentaciones graves que tenía antes. Estoy libre, Señor. Gracias por este gran regalo de la libertad, porque sólo Tú eres mi esperanza, Señor, que me da la confianza de seguir adelante sin miedo, ni ansiedad ni preocupación, con mucha fe y confianza en Ti.
Señor, quédate conmigo.
Gracias, Señor, por los regalos de la fe y la confianza que tengo en Ti, porque me libran de muchas preocupaciones y ansiedades que tenía en mi vida. Porque sólo Tú eres mi ayuda.
Señor, quédate conmigo.
Camina conmigo, Señor, a mi lado, paso a paso, mano a mano, cara a cara. Te necesito, Señor. Porque sólo Tú eres mi guía, la luz en la oscuridad, el mapa en mi confusión, el maestro en mi ignorancia. Ilumíname el camino, Señor, muéstrame tu camino. Ponme sobre tu camino y dirígeme, porque lo necesito. Yo sé que tu camino es lo mejor para mí, confío en él, porque sólo Tú eres mi paz interior, mi seguridad, mi tranquilidad.
Señor, quédate conmigo.
Gracias, Señor, por el buen sueño que me diste anoche, y te pido por tantas personas que no pueden dormir a causa de su enfermedad, el dolor del cuerpo, la ansiedad o la preocupación de la mente, o por falta de un lugar seguro para dormir, una casa segura, una cama cómoda, un lugar tranquilo. Ellos duermen en el suelo, sobre tablas duras, sin protección ninguna de la temperatura extrema, del ruido o aún de la violencia. Dales, Señor, el descanso que necesitan.
Gracias, Señor, por mi vida. Mi vida es tuya, úsame como Tú quieras. Guíame a las personas que me necesiten hoy. Antes estaba preparado para morir, pero ahora quiero vivir; quiero usar mi vida para inspirar a otras personas a que tengan más confianza en Ti, Señor.
Gracias, Señor, por mi salud, por cada miembro de mi cuerpo que está sano. Te doy gracias porque cada miembro es un regalo tuyo.
Gracias, Señor, por la recuperación rápida que me das siempre cuando estoy enfermo.
Gracias, Señor. Te pido solamente [mencionar aquí las intenciones personales], pero no como yo quiero, sino como Tú quieres. Estoy seguro de que me vas a dar todo lo que necesito, Señor.
Confío en Ti, Señor.
Gracias por este tiempo de descanso enfrente de Ti. Que nunca olvide que este tiempo contigo es lo más importante de cada día. Lo necesito para renovar y reforzar mi relación contigo, Señor. Que nunca cambie este tiempo para hacer otra cosa. Sáname, Señor, completamente; cúrame, dame fuerzas, dame tu energía, tu vitalidad, tu amor y tu paciencia, Señor.
Ayúdame a verme como Tú me ves, Señor. Saca de mí todo orgullo, egoísmo, odio o deseo de venganza. Cierra mi boca, Señor, cuando me preparo para decir algo ofensivo. Quiero ser una imagen tuya, Señor. Quiero reflejarte en mi vida; pensar, hablar y actuar como Tú; quiero entregar mi vida totalmente en tus manos, a tu voluntad, Señor.
Me has dado mi vida como [religioso-a, sacerdote, padre, madre, esposo-a] y has protegido mi vida del mucho daño en que yo la ponía, y la has rescatado del gran daño en que la puse. Gracias, Señor, por tu protección y por tu rescate, porque sin tu ayuda, yo estaría completamente perdido.
He gastado mucho tiempo en mi vida, Señor, haciendo cosas contrarias a mi vocación y me arrepiento mucho. He dañado a muchas personas con mis palabras y acciones egoístas y por la falta de paciencia y caridad hacia ellas. Quisiera reparar el daño que yo he causado a otras personas, pero no puedo hacerlo directamente. Por eso te pido, Señor: Repara el daño que he causado a estas personas; dales una abundancia de tu gracia, ayúdalas a comprender y perdonar.
Gracias, Señor, por tu amor incondicional y por tu paciencia conmigo, por tu comprensión de mis debilidades, mi inmadurez, mi ignorancia, mi falta de atención a Ti. Estabas a mi lado, llamándome y no me di cuenta; no sabía que estabas a mi lado. Estaba tan ocupado con mis placeres que te ignoré, no te oí, Señor, y por eso me arrepiento mucho. Gracias, Señor, por tu compasión, tu misericordia y tu perdón. Ahora yo sé que estás a mi lado, siempre dispuesto a escucharme y ayudarme.
Señor, quédate conmigo.!
Amén.
Te amo mucho, Señor; quédate conmigo. Te necesito, Señor, quédate conmigo. Porque sólo Tú eres mi roca, mi protección, mi escudo, mi defensor.
Señor, quédate conmigo.
Camino contigo, Señor, y me siento muy seguro porque sé que estás a mi lado, quédate conmigo. Porque sólo Tú eres mi refugio, Señor, donde puedo esconderme de todo peligro, ansiedad o preocupación en mi vida, donde puedo encontrar la paz interior, la seguridad y la tranquilidad que necesito.
Señor, quédate conmigo.
Porque sólo Tú eres mi fuerza, Señor, el poder de hacer lo que debo hacer y evitar lo que debo evitar. Contigo yo puedo hacer todo, pero sin Ti no puedo hacer nada. Estoy seguro de eso, porque sólo Tú eres mi redentor.
Señor, quédate conmigo.
Has derramado tu sangre por mí para pagar la deuda de mis pecados, una deuda muy grande y la has pagado con tu sangre. Has lavado las manchas de todos mis pecados con tu sangre y has sufrido el castigo que yo merecía por mis pecados para darme una vida nueva, una vida que vale la pena, que tiene un proyecto, que tiene un fin glorioso. Señor, quédate conmigo. Y estoy experimentando esta vida nueva ahora y me da mucha confianza en Ti, Señor, porque sólo Tú eres mi Salvador.
Señor, quédate conmigo.
Me has salvado, me has liberado, me has sacado de la muerte, de mi egoísmo y has abierto las puertas del cielo para mí. No estoy más encarcelado por mis adicciones, mis compulsiones, ni las tentaciones graves que tenía antes. Estoy libre, Señor. Gracias por este gran regalo de la libertad, porque sólo Tú eres mi esperanza, Señor, que me da la confianza de seguir adelante sin miedo, ni ansiedad ni preocupación, con mucha fe y confianza en Ti.
Señor, quédate conmigo.
Gracias, Señor, por los regalos de la fe y la confianza que tengo en Ti, porque me libran de muchas preocupaciones y ansiedades que tenía en mi vida. Porque sólo Tú eres mi ayuda.
Señor, quédate conmigo.
Camina conmigo, Señor, a mi lado, paso a paso, mano a mano, cara a cara. Te necesito, Señor. Porque sólo Tú eres mi guía, la luz en la oscuridad, el mapa en mi confusión, el maestro en mi ignorancia. Ilumíname el camino, Señor, muéstrame tu camino. Ponme sobre tu camino y dirígeme, porque lo necesito. Yo sé que tu camino es lo mejor para mí, confío en él, porque sólo Tú eres mi paz interior, mi seguridad, mi tranquilidad.
Señor, quédate conmigo.
Gracias, Señor, por el buen sueño que me diste anoche, y te pido por tantas personas que no pueden dormir a causa de su enfermedad, el dolor del cuerpo, la ansiedad o la preocupación de la mente, o por falta de un lugar seguro para dormir, una casa segura, una cama cómoda, un lugar tranquilo. Ellos duermen en el suelo, sobre tablas duras, sin protección ninguna de la temperatura extrema, del ruido o aún de la violencia. Dales, Señor, el descanso que necesitan.
Gracias, Señor, por mi vida. Mi vida es tuya, úsame como Tú quieras. Guíame a las personas que me necesiten hoy. Antes estaba preparado para morir, pero ahora quiero vivir; quiero usar mi vida para inspirar a otras personas a que tengan más confianza en Ti, Señor.
Gracias, Señor, por mi salud, por cada miembro de mi cuerpo que está sano. Te doy gracias porque cada miembro es un regalo tuyo.
Gracias, Señor, por la recuperación rápida que me das siempre cuando estoy enfermo.
Gracias, Señor. Te pido solamente [mencionar aquí las intenciones personales], pero no como yo quiero, sino como Tú quieres. Estoy seguro de que me vas a dar todo lo que necesito, Señor.
Confío en Ti, Señor.
Gracias por este tiempo de descanso enfrente de Ti. Que nunca olvide que este tiempo contigo es lo más importante de cada día. Lo necesito para renovar y reforzar mi relación contigo, Señor. Que nunca cambie este tiempo para hacer otra cosa. Sáname, Señor, completamente; cúrame, dame fuerzas, dame tu energía, tu vitalidad, tu amor y tu paciencia, Señor.
Ayúdame a verme como Tú me ves, Señor. Saca de mí todo orgullo, egoísmo, odio o deseo de venganza. Cierra mi boca, Señor, cuando me preparo para decir algo ofensivo. Quiero ser una imagen tuya, Señor. Quiero reflejarte en mi vida; pensar, hablar y actuar como Tú; quiero entregar mi vida totalmente en tus manos, a tu voluntad, Señor.
Me has dado mi vida como [religioso-a, sacerdote, padre, madre, esposo-a] y has protegido mi vida del mucho daño en que yo la ponía, y la has rescatado del gran daño en que la puse. Gracias, Señor, por tu protección y por tu rescate, porque sin tu ayuda, yo estaría completamente perdido.
He gastado mucho tiempo en mi vida, Señor, haciendo cosas contrarias a mi vocación y me arrepiento mucho. He dañado a muchas personas con mis palabras y acciones egoístas y por la falta de paciencia y caridad hacia ellas. Quisiera reparar el daño que yo he causado a otras personas, pero no puedo hacerlo directamente. Por eso te pido, Señor: Repara el daño que he causado a estas personas; dales una abundancia de tu gracia, ayúdalas a comprender y perdonar.
Gracias, Señor, por tu amor incondicional y por tu paciencia conmigo, por tu comprensión de mis debilidades, mi inmadurez, mi ignorancia, mi falta de atención a Ti. Estabas a mi lado, llamándome y no me di cuenta; no sabía que estabas a mi lado. Estaba tan ocupado con mis placeres que te ignoré, no te oí, Señor, y por eso me arrepiento mucho. Gracias, Señor, por tu compasión, tu misericordia y tu perdón. Ahora yo sé que estás a mi lado, siempre dispuesto a escucharme y ayudarme.
Señor, quédate conmigo.!
Amén.
viernes, 11 de junio de 2010
"CELEBRACION DEL SAGRADO CORAZON DE JESUS" Junio 11, 2010
HOY SE CELEBRA EN NUESTRA ARQUIDIOCESIS DE MIAMI, LA MISA DE SOLEMNIDAD POR EL “SAGRADO CORAZON DE JESUS”.- PARTICIPEMOS CONFIADOS PARA QUE ESE CORAZON QUE SOLO IRRADIA Y GENERA AMOR, ESTE SIEMPRE CON NOSOTROS; CON NUESTROS FAMILIARES Y CON TODOS NUESTROS AMIGOS, (incluyendo también a los virtuales).-
LECTURA DEL EVANGELIO:-
Lucas 15, 3-7.
En aquel tiempo Jesús dijo esta parábola a los escribas y fariseos. ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: "Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido." Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.
Oración de Consagración al Sagrado Corazón de Jesús
Señor Jesucristo, arrodillados a tus pies, consagramos alegremente nuestra familia a tu Divino Corazón.
Sé, hoy y siempre, nuestro Guía,
el Jefe protector de nuestro hogar,
el Rey y Centro de nuestros corazones.
Bendice a nuestra familia, nuestra casa, a nuestros vecinos, parientes y amigos.
Ayúdanos a cumplir fielmente nuestros deberes, y participa de nuestras alegrías y angustias, de nuestras esperanzas y dudas, de nuestro trabajo y de nuestras diversiones.
Danos fuerza, Señor, para que carguemos nuestra cruz de cada día y sepamos ofrecer todos nuestros actos, junto con tu sacrificio, al Padre.
Que la justicia, la fraternidad, el perdón y la misericordia estén presentes en nuestro hogar y en nuestros grupos de amigos de estudio y trabajo.
Queremos ser instrumentos de paz y de vida.
Que nuestro amor a tu Corazón compense,
de alguna manera, la frialdad y la indiferencia, la ingratitud y la falta de amor de quienes no te conocen, te desprecian o rechazan.
Sagrado Corazón de Jesús, tenemos confianza en Ti.
Confianza profunda, ilimitada.
LECTURA DEL EVANGELIO:-
Lucas 15, 3-7.
En aquel tiempo Jesús dijo esta parábola a los escribas y fariseos. ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: "Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido." Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.
Oración de Consagración al Sagrado Corazón de Jesús
Señor Jesucristo, arrodillados a tus pies, consagramos alegremente nuestra familia a tu Divino Corazón.
Sé, hoy y siempre, nuestro Guía,
el Jefe protector de nuestro hogar,
el Rey y Centro de nuestros corazones.
Bendice a nuestra familia, nuestra casa, a nuestros vecinos, parientes y amigos.
Ayúdanos a cumplir fielmente nuestros deberes, y participa de nuestras alegrías y angustias, de nuestras esperanzas y dudas, de nuestro trabajo y de nuestras diversiones.
Danos fuerza, Señor, para que carguemos nuestra cruz de cada día y sepamos ofrecer todos nuestros actos, junto con tu sacrificio, al Padre.
Que la justicia, la fraternidad, el perdón y la misericordia estén presentes en nuestro hogar y en nuestros grupos de amigos de estudio y trabajo.
Queremos ser instrumentos de paz y de vida.
Que nuestro amor a tu Corazón compense,
de alguna manera, la frialdad y la indiferencia, la ingratitud y la falta de amor de quienes no te conocen, te desprecian o rechazan.
Sagrado Corazón de Jesús, tenemos confianza en Ti.
Confianza profunda, ilimitada.
jueves, 13 de mayo de 2010
"CELEBRACION DE LA APARICION DE LA VIRGEN MARIA EN FATIMA MAYO 13".
En 1917, en el momento de las apariciones, Fátima era una ciudad desconocida de 2.500 habitantes, situada a 800 metros de altura y a 130 kilómetros al norte de Lisboa, casi en el centro de Portugal. Hoy Fátima es famosa en todo el mundo y su santuario lo visitan innumerables devotos.
Allí, la Virgen se manifestó a niños de corta edad: Lucía, de diez años, Francisco, su primo, de nueve años, un jovencito tranquilo y reflexivo, y Jacinta, hermana menor de Francisco, muy vivaz y afectuosa. Tres niños campesinos muy normales, que no sabían ni leer ni escribir, acostumbrados a llevar a pastar a las ovejas todos los días. Niños buenos, equilibrados, serenos, valientes, con familias atentas y premurosas.
Los tres habían recibido en casa una primera instrucción religiosa, pero sólo Lucía había hecho ya la primera comunión.
Las apariciones estuvieron precedidas por un "preludio angélico": un episodio amable, ciertamente destinado a preparar a los pequeños para lo que vendría.
Lucía misma, en el libro Lucia racconta Fátima (Editrice Queriniana, Brescia 1977 y 1987) relató el orden de los hechos, que al comienzo sólo la tuvieron a ella como testigo. Era la primavera de 1915, dos años antes de las apariciones, y Lucía estaba en el campo junto a tres amigas. Y esta fue la primera manifestación del ángel:
Sería más o menos mediodía, cuando estábamos tomando la merienda. Luego, invité a mis compañeras a recitar conmigo el rosario, cosa que aceptaron gustosas. Habíamos apenas comenzado, cuando vimos ante nosotros, como suspendida en el aire, sobre el bosque, una figura, como una estatua de nieve, que los rayos del sol hacían un poco transparente. "¿Qué es eso?", preguntaron mis compañeras, un poco atemorizadas. "No lo sé". Continuamos nuestra oración, siempre con los ojos fijos en aquella figura, que desapareció justo cuando terminábamos (ibíd., p. 45).
El hecho se repitió tres veces, siempre, más o menos, en los mismos términos, entre 1915 y 1916.
Llegó 1917, y Francisco y Jacinta obtuvieron de sus padres el permiso de llevar también ellos ovejas a pastar; así cada mañana los tres primos se encontraban con su pequeño rebaño y pasaban el día juntos en campo abierto. Una mañana fueron sorprendidos por una ligera lluvia, y para no mojarse se refugiaron en una gruta que se encontraba en medio de un olivar. Allí comieron, recitaron el rosario y se quedaron a jugar hasta que salió de nuevo el sol. Con las palabras de Lucía, los hechos sucedieron así:
... Entonces un viento fuerte sacudió los árboles y nos hizo levantar los ojos... Vimos entonces que sobre el olivar venía hacia nosotros aquella figura de la que ya he hablado. Jacinta y Francisco no la habían visto nunca y yo no les había hablado de ella. A medida que se acercaba, podíamos ver sus rasgos: era un joven de catorce o quince años, más blanco que si fuera de nieve, el sol lo hacía transparente como de cristal, y era de una gran belleza. Al llegar junto a nosotros dijo: "No tengan miedo. Soy el ángel de la paz. Oren conmigo". Y arrodillado en la tierra, inclinó la cabeza hasta el suelo y nos hizo repetir tres veces estas palabras: "Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman". Luego, levantándose, dijo: "Oren así. Los corazones de Jesús y María están atentos a la voz de sus súplicas". Sus palabras se grabaron de tal manera en nuestro espíritu, que jamás las olvidamos y, desde entonces, pasábamos largos períodos de tiempo prosternados, repitiéndolas hasta el cansancio (ibíd, p. 47).
En el prefacio al libro de Lucía, el padre Antonio María Martins anota con mucha razón que la oración del ángel "es de una densidad teológica tal" que no pudo haber sido inventada por unos niños carentes de instrucción. "Ha sido ciertamente enseñada por un mensajero del Altísimo", continúa el estudioso. "Expresa actos de fe, adoración, esperanza y amor a Dios Uno y Trino".
Durante el verano el ángel se presentó una vez más a los niños, invitándolos a ofrecer sacrificios al Señor por la conversión de los pecadores y explicándoles que era el ángel custodio de su patria, Portugal.
Pasó el tiempo y los tres niños fueron de nuevo a orar a la gruta donde por primera vez habían visto al ángel. De rodillas, con la cara hacia la tierra, los pequeños repiten la oración que se les enseñó, cuando sucede algo que llama su atención: una luz desconocida brilla sobre ellos. Lucía lo cuenta así:
Nos levantamos para ver qué sucedía, y vimos al ángel, que tenía en la mano izquierda un cáliz, sobre el que estaba suspendida la hostia, de la que caían algunas gotas de sangre adentro del cáliz.
El ángel dejó suspendido el cáliz en el aire, se acercó a nosotros y nos hizo repetir tres veces: "Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te ofrezco el preciosísimo cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesucristo...". Luego se levantó, tomó en sus manos el cáliz y la hostia; me dio la hostia santa y el cáliz lo repartió entre Jacinta y Francisco... (ibíd., p. 48).
El ángel no volvió más: su tarea había sido evidentemente la de preparar a los niños para los hechos grandiosos que les esperaban y que tuvieron inicio en la primavera de 1917, cuarto año de la guerra, que vio también la revolución bolchevique.
El 13 de mayo era domingo anterior a la Ascensión. Lucía, Jacinta y Francisco habían ido con sus padres a misa, luego habían reunido sus ovejas y se habían dirigido a Cova da Iria, un pequeño valle a casi tres kilómetros de Fátima, donde los padres de Lucía tenían un cortijo con algunas encinas y olivos.
Aquí, mientras jugaban, fueron asustados por un rayo que surcó el cielo azul: temiendo que estallara un temporal, decidieron volver, pero en el camino de regreso, otro rayo los sorprendió, aún más fulgurante que el primero. Dijo Lucía:
A los pocos pasos, vimos sobre una encina a una Señora, toda vestida de blanco, más brillante que el sol, que irradiaba una luz más clara e intensa que la de un vaso de cristal lleno de agua cristalina, atravesada por los rayos del sol más ardiente. Sorprendidos por la aparición, nos detuvimos. Estábamos tan cerca que nos vimos dentro de la luz que la rodeaba o que ella difundía. Tal vez a un metro o medio de distancia, más o menos... (ibíd., p. 118).
La Señora habló con voz amable y pidió a los niños que no tuvieran miedo, porque no les haría ningún daño. Luego los invitó a venir al mismo sitio durante seis meses consecutivos, el día 13 a la misma hora, y antes de desaparecer elevándose hacia Oriente añadió: "Reciten la corona todos los días para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra".
Los tres habían visto a la Señora, pero sólo Lucía había hablado con ella; Jacinta había escuchado todo, pero Francisco había oído sólo la voz de Lucía.
Lucía precisó después que las apariciones de la Virgen no infundían miedo o temor, sino sólo "sorpresa": se habían asustado más con la visión del ángel.
En casa, naturalmente, no les creyeron y, al contrario, fueron tomados por mentirosos; así que prefirieron no hablar más de lo que habían visto y esperaron con ansia, pero con el corazón lleno de alegría, que llegara el 13 de junio.
Ese día los pequeños llegaron a la encina acompañados de una cincuentena de curiosos. La aparición se repitió y la Señora renovó la invitación a volver al mes siguiente y a orar mucho. Les anunció que se llevaría pronto al cielo a Jacinta y Francisco, mientras Lucía se quedaría para hacer conocer y amar su Corazón Inmaculado. A Lucía, que le preguntaba si de verdad se quedaría sola, la Virgen respondió: "No te desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Corazón Inmaculado será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios". Luego escribió Lucía en su libro:
En el instante en que dijo estas últimas palabras, abrió las manos y nos comunicó el reflejo de aquella luz inmensa. En ella nos veíamos como inmersos en Dios. Jacinta y Francisco parecían estar en la parte de la luz que se elevaba al cielo y yo en la que se difundía sobre la tierra. En la palma de la mano derecha de la Virgen había un corazón rodeado de espinas, que parecían clavarse en él. Comprendimos que era el Corazón Inmaculado de María, ultrajado por los pecados de la humanidad, y que pedía reparación (ibíd., p. 121).
Cuando la Virgen desapareció hacia Oriente, todos los presentes notaron que las hojas de las encinas se habían doblado en esa dirección; también habían visto el reflejo de la luz que irradiaba la Virgen sobre el rostro de los videntes y cómo los transfiguraba.
El hecho no pudo ser ignorado: en el pueblo no se hablaba de otra cosa, naturalmente, con una mezcla de maravilla e incredulidad.
La mañana del 13 de julio, cuando los tres niños llegaron a Cova da Iria, encontraron que los esperaban al menos dos mil personas. La Virgen se apareció a mediodía y repitió su invitación a la penitencia y a la oración. Solicitada por sus padres, Lucía tuvo el valor de preguntarle a la Señora quién era; y se atrevió a pedirle que hiciera un milagro que todos pudieran ver. Y la Señora prometió que en octubre diría quién era y lo que quería y añadió que haría un milagro que todos pudieran ver y que los haría creer.
Antes de alejarse, la Virgen mostró a los niños los horrores del infierno (esto, sin embargo, se supo muchos años después, en 1941, cuando Lucía, por orden de sus superiores escribió las memorias recogidas en el libro ya citado. En ese momento, Lucía y sus primos no hablaron de esta visión en cuanto hacía parte de los secretos confiados a ellos por la Virgen, cuya tercera parte aún se ignora) y dijo que la guerra estaba por terminar, pero que si los hombres no llegaban a ofender a Dios, bajo el pontificado de Pío XII estallaría una peor.
Cuando vean una noche iluminada por una luz desconocida, sabrán que es el gran signo que Dios les da de que está por castigar al mundo a causa de sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de la persecución a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, quiero pedirles la consagración de Rusia a mi Corazón Inmaculado y la comunión reparadora los primeros sábados. Si cumplen mi petición, Rusia se convertirá y vendrá la paz. Si no, se difundirán en el mundo sus horrores, provocando guerras y persecuciones a la Iglesia... Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y se le concederá al mundo un período de paz... (ibíd., p. 122).
Después de esta aparición, Lucía fue interrogada de modo muy severo por el alcalde, pero no reveló a ninguno los secretos confiados por la Virgen.
El 13 de agosto, la multitud en Cova era innumerable: los niños, sin embargo, no llegaron. A mediodía en punto, sobre la encina, todos pudieron ver el relámpago y la pequeña nube luminosa. ¡La Virgen no había faltado a su cita! ¿Qué había sucedido? Los tres pastorcitos habían sido retenidos lejos del lugar de las apariciones por el alcalde, que con el pretexto de acercarlos en auto, los había llevado a otro lado, a la casa comunal, y los había amenazado con tenerlos prisioneros si no le revelaban el secreto. Ellos callaron, y permanecieron encerrados. Al día siguiente hubo un interrogatorio con todas las de la ley, y con otras amenazas, pero todo fue inútil, los niños no abandonaron su silencio.
Finalmente liberados, los tres pequeños fueron con sus ovejas a Cova da Iria el 19 de agosto, cuando, de repente, la luz del día disminuyó, oyeron el relámpago y la Virgen apareció: pidió a los niños que recitaran el rosario y se sacrificaran para redimir a los pecadores. Pidió también que se construyera una capilla en el lugar.
Los tres pequeños videntes, profundamente golpeados por la aparición de la Virgen, cambiaron gradualmente de carácter: no más juegos, sino oración y ayuno. Además, para ofrecer un sacrificio al Señor se prepararon con un cordel tres cilicios rudimentarios, que llevaban debajo de los vestidos y los hacían sufrir mucho. Pero estaban felices, porque ofrecían sus sufrimientos por la conversión de los pecadores.
El 13 de septiembre, Cova estaba atestada de personas arrodilladas en oración: más de veinte mil. A mediodía el sol se veló y la Virgen se apareció acompañada de un globo luminoso: invitó a los niños a orar, a no dormir con los cilicios, y repitió que en octubre se daría un milagro. Todos vieron que una nube cándida cubría a la encina y a los videntes. Luego reapareció el globo y la Virgen desapareció hacia Oriente, acompañada de una lluvia, vista por todos, de pétalos blancos que se desvanecieron antes de tocar tierra. En medio de la enorme emoción general, nadie dudaba que la Virgen en verdad se había aparecido.
El 13 de octubre es el día del anunciado milagro. En el momento de la aparición se llega a un clima de gran tensión. Llueve desde la tarde anterior. Cova da Iria es un enorme charco, pero no obstante miles de personas pernoctan en el campo abierto para asegurar un buen puesto.
Justo al mediodía, la Virgen aparece y pide una vez más una capilla y predice que la guerra terminará pronto. Luego alza las manos, y Lucía siente el impulso de gritar que todos miren al sol. Todos vieron entonces que la lluvia cesó de golpe, las nubes se abrieron y el sol se vio girar vertiginosamente sobre sí mismo proyectando haces de luz de todos los colores y en todas direcciones: una maravillosa danza de luz que se repitió tres veces.
La impresión general, acompañada de enorme estupor y preocupación, era que el sol se había desprendido del cielo y se precipitaba a la tierra. Pero todo vuelve a la normalidad y la gente se da cuenta de que los vestidos, poco antes empapados por el agua, ahora están perfectamente secos. Mientras tanto la Virgen sube lentamente al cielo en la luz solar, y junto a ella los tres pequeños videntes ven a san José con el Niño.
Sigue un enorme entusiasmo: las 60.000 personas presentes en Cova da Iria tienen un ánimo delirante, muchos se quedan a orar hasta bien entrada la noche.
Las apariciones se concluyen y los niños retoman su vida de siempre, a pesar de que son asediados por la curiosidad y el interés de un número siempre mayor de personas: la fama de Fátima se difunde por el mundo.
Entre tanto las predicciones de la Virgen se cumplen: al final de 1918 una epidemia golpea a Fátima y mina el organismo de Francisco y Jacinta. Francisco muere santamente en abril del año siguiente como consecuencia del mal, y Jacinta en 1920, después de muchos sufrimientos y de una dolorosísima operación.
En 1921, Lucía entra en un convento y en 1928 pronuncia los votos. Será sor María Lucía de Jesús.
Se sabe que, luego de concluir el ciclo de Fátima, Lucía tuvo otras apariciones de la Virgen (en 1923, 1925 y 1929), que le pidió la devoción de los primeros sábados y la consagración de Rusia.
En Fátima las peticiones de la Virgen han sido atendidas: ya en 1919 fue erigida por el pueblo una primera modesta capilla. En 1922 se abrió el proceso canónico de las apariciones y el 13 de octubre se hizo pública la sentencia de los juicios encargados de valorar los hechos: "Las manifestaciones ocurridas en Cova da Iria son dignas de fe y, en consecuencia, se permite el culto público a la Virgen de Fátima".
También los papas, de Pío XII a Juan Pablo II, estimaron mucho a Fátima y su mensaje. Movido por una carta de sor Lucía, Pío XII consagraba el mundo al Corazón Inmaculado de María el 31 de octubre de 1942. Pablo VI hizo referencia explícita a Fátima con ocasión de la clausura de la tercera sesión del Concilio Vaticano II. Juan Pablo II fue personalmente a Fátima el 12 de mayo de 1982: en su discurso agradeció a la Madre de Dios por su protección justamente un año antes, cuando se atentó contra su vida en la plaza de San Pedro.
Con el tiempo, se han construido en Fátima una grandiosa basílica, un hospital y una casa para ejercicios espirituales. Junto a Lourdes, Fátima es uno de los santuarios marianos más importantes y visitados del mundo.
Allí, la Virgen se manifestó a niños de corta edad: Lucía, de diez años, Francisco, su primo, de nueve años, un jovencito tranquilo y reflexivo, y Jacinta, hermana menor de Francisco, muy vivaz y afectuosa. Tres niños campesinos muy normales, que no sabían ni leer ni escribir, acostumbrados a llevar a pastar a las ovejas todos los días. Niños buenos, equilibrados, serenos, valientes, con familias atentas y premurosas.
Los tres habían recibido en casa una primera instrucción religiosa, pero sólo Lucía había hecho ya la primera comunión.
Las apariciones estuvieron precedidas por un "preludio angélico": un episodio amable, ciertamente destinado a preparar a los pequeños para lo que vendría.
Lucía misma, en el libro Lucia racconta Fátima (Editrice Queriniana, Brescia 1977 y 1987) relató el orden de los hechos, que al comienzo sólo la tuvieron a ella como testigo. Era la primavera de 1915, dos años antes de las apariciones, y Lucía estaba en el campo junto a tres amigas. Y esta fue la primera manifestación del ángel:
Sería más o menos mediodía, cuando estábamos tomando la merienda. Luego, invité a mis compañeras a recitar conmigo el rosario, cosa que aceptaron gustosas. Habíamos apenas comenzado, cuando vimos ante nosotros, como suspendida en el aire, sobre el bosque, una figura, como una estatua de nieve, que los rayos del sol hacían un poco transparente. "¿Qué es eso?", preguntaron mis compañeras, un poco atemorizadas. "No lo sé". Continuamos nuestra oración, siempre con los ojos fijos en aquella figura, que desapareció justo cuando terminábamos (ibíd., p. 45).
El hecho se repitió tres veces, siempre, más o menos, en los mismos términos, entre 1915 y 1916.
Llegó 1917, y Francisco y Jacinta obtuvieron de sus padres el permiso de llevar también ellos ovejas a pastar; así cada mañana los tres primos se encontraban con su pequeño rebaño y pasaban el día juntos en campo abierto. Una mañana fueron sorprendidos por una ligera lluvia, y para no mojarse se refugiaron en una gruta que se encontraba en medio de un olivar. Allí comieron, recitaron el rosario y se quedaron a jugar hasta que salió de nuevo el sol. Con las palabras de Lucía, los hechos sucedieron así:
... Entonces un viento fuerte sacudió los árboles y nos hizo levantar los ojos... Vimos entonces que sobre el olivar venía hacia nosotros aquella figura de la que ya he hablado. Jacinta y Francisco no la habían visto nunca y yo no les había hablado de ella. A medida que se acercaba, podíamos ver sus rasgos: era un joven de catorce o quince años, más blanco que si fuera de nieve, el sol lo hacía transparente como de cristal, y era de una gran belleza. Al llegar junto a nosotros dijo: "No tengan miedo. Soy el ángel de la paz. Oren conmigo". Y arrodillado en la tierra, inclinó la cabeza hasta el suelo y nos hizo repetir tres veces estas palabras: "Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman". Luego, levantándose, dijo: "Oren así. Los corazones de Jesús y María están atentos a la voz de sus súplicas". Sus palabras se grabaron de tal manera en nuestro espíritu, que jamás las olvidamos y, desde entonces, pasábamos largos períodos de tiempo prosternados, repitiéndolas hasta el cansancio (ibíd, p. 47).
En el prefacio al libro de Lucía, el padre Antonio María Martins anota con mucha razón que la oración del ángel "es de una densidad teológica tal" que no pudo haber sido inventada por unos niños carentes de instrucción. "Ha sido ciertamente enseñada por un mensajero del Altísimo", continúa el estudioso. "Expresa actos de fe, adoración, esperanza y amor a Dios Uno y Trino".
Durante el verano el ángel se presentó una vez más a los niños, invitándolos a ofrecer sacrificios al Señor por la conversión de los pecadores y explicándoles que era el ángel custodio de su patria, Portugal.
Pasó el tiempo y los tres niños fueron de nuevo a orar a la gruta donde por primera vez habían visto al ángel. De rodillas, con la cara hacia la tierra, los pequeños repiten la oración que se les enseñó, cuando sucede algo que llama su atención: una luz desconocida brilla sobre ellos. Lucía lo cuenta así:
Nos levantamos para ver qué sucedía, y vimos al ángel, que tenía en la mano izquierda un cáliz, sobre el que estaba suspendida la hostia, de la que caían algunas gotas de sangre adentro del cáliz.
El ángel dejó suspendido el cáliz en el aire, se acercó a nosotros y nos hizo repetir tres veces: "Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te ofrezco el preciosísimo cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesucristo...". Luego se levantó, tomó en sus manos el cáliz y la hostia; me dio la hostia santa y el cáliz lo repartió entre Jacinta y Francisco... (ibíd., p. 48).
El ángel no volvió más: su tarea había sido evidentemente la de preparar a los niños para los hechos grandiosos que les esperaban y que tuvieron inicio en la primavera de 1917, cuarto año de la guerra, que vio también la revolución bolchevique.
El 13 de mayo era domingo anterior a la Ascensión. Lucía, Jacinta y Francisco habían ido con sus padres a misa, luego habían reunido sus ovejas y se habían dirigido a Cova da Iria, un pequeño valle a casi tres kilómetros de Fátima, donde los padres de Lucía tenían un cortijo con algunas encinas y olivos.
Aquí, mientras jugaban, fueron asustados por un rayo que surcó el cielo azul: temiendo que estallara un temporal, decidieron volver, pero en el camino de regreso, otro rayo los sorprendió, aún más fulgurante que el primero. Dijo Lucía:
A los pocos pasos, vimos sobre una encina a una Señora, toda vestida de blanco, más brillante que el sol, que irradiaba una luz más clara e intensa que la de un vaso de cristal lleno de agua cristalina, atravesada por los rayos del sol más ardiente. Sorprendidos por la aparición, nos detuvimos. Estábamos tan cerca que nos vimos dentro de la luz que la rodeaba o que ella difundía. Tal vez a un metro o medio de distancia, más o menos... (ibíd., p. 118).
La Señora habló con voz amable y pidió a los niños que no tuvieran miedo, porque no les haría ningún daño. Luego los invitó a venir al mismo sitio durante seis meses consecutivos, el día 13 a la misma hora, y antes de desaparecer elevándose hacia Oriente añadió: "Reciten la corona todos los días para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra".
Los tres habían visto a la Señora, pero sólo Lucía había hablado con ella; Jacinta había escuchado todo, pero Francisco había oído sólo la voz de Lucía.
Lucía precisó después que las apariciones de la Virgen no infundían miedo o temor, sino sólo "sorpresa": se habían asustado más con la visión del ángel.
En casa, naturalmente, no les creyeron y, al contrario, fueron tomados por mentirosos; así que prefirieron no hablar más de lo que habían visto y esperaron con ansia, pero con el corazón lleno de alegría, que llegara el 13 de junio.
Ese día los pequeños llegaron a la encina acompañados de una cincuentena de curiosos. La aparición se repitió y la Señora renovó la invitación a volver al mes siguiente y a orar mucho. Les anunció que se llevaría pronto al cielo a Jacinta y Francisco, mientras Lucía se quedaría para hacer conocer y amar su Corazón Inmaculado. A Lucía, que le preguntaba si de verdad se quedaría sola, la Virgen respondió: "No te desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Corazón Inmaculado será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios". Luego escribió Lucía en su libro:
En el instante en que dijo estas últimas palabras, abrió las manos y nos comunicó el reflejo de aquella luz inmensa. En ella nos veíamos como inmersos en Dios. Jacinta y Francisco parecían estar en la parte de la luz que se elevaba al cielo y yo en la que se difundía sobre la tierra. En la palma de la mano derecha de la Virgen había un corazón rodeado de espinas, que parecían clavarse en él. Comprendimos que era el Corazón Inmaculado de María, ultrajado por los pecados de la humanidad, y que pedía reparación (ibíd., p. 121).
Cuando la Virgen desapareció hacia Oriente, todos los presentes notaron que las hojas de las encinas se habían doblado en esa dirección; también habían visto el reflejo de la luz que irradiaba la Virgen sobre el rostro de los videntes y cómo los transfiguraba.
El hecho no pudo ser ignorado: en el pueblo no se hablaba de otra cosa, naturalmente, con una mezcla de maravilla e incredulidad.
La mañana del 13 de julio, cuando los tres niños llegaron a Cova da Iria, encontraron que los esperaban al menos dos mil personas. La Virgen se apareció a mediodía y repitió su invitación a la penitencia y a la oración. Solicitada por sus padres, Lucía tuvo el valor de preguntarle a la Señora quién era; y se atrevió a pedirle que hiciera un milagro que todos pudieran ver. Y la Señora prometió que en octubre diría quién era y lo que quería y añadió que haría un milagro que todos pudieran ver y que los haría creer.
Antes de alejarse, la Virgen mostró a los niños los horrores del infierno (esto, sin embargo, se supo muchos años después, en 1941, cuando Lucía, por orden de sus superiores escribió las memorias recogidas en el libro ya citado. En ese momento, Lucía y sus primos no hablaron de esta visión en cuanto hacía parte de los secretos confiados a ellos por la Virgen, cuya tercera parte aún se ignora) y dijo que la guerra estaba por terminar, pero que si los hombres no llegaban a ofender a Dios, bajo el pontificado de Pío XII estallaría una peor.
Cuando vean una noche iluminada por una luz desconocida, sabrán que es el gran signo que Dios les da de que está por castigar al mundo a causa de sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de la persecución a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, quiero pedirles la consagración de Rusia a mi Corazón Inmaculado y la comunión reparadora los primeros sábados. Si cumplen mi petición, Rusia se convertirá y vendrá la paz. Si no, se difundirán en el mundo sus horrores, provocando guerras y persecuciones a la Iglesia... Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y se le concederá al mundo un período de paz... (ibíd., p. 122).
Después de esta aparición, Lucía fue interrogada de modo muy severo por el alcalde, pero no reveló a ninguno los secretos confiados por la Virgen.
El 13 de agosto, la multitud en Cova era innumerable: los niños, sin embargo, no llegaron. A mediodía en punto, sobre la encina, todos pudieron ver el relámpago y la pequeña nube luminosa. ¡La Virgen no había faltado a su cita! ¿Qué había sucedido? Los tres pastorcitos habían sido retenidos lejos del lugar de las apariciones por el alcalde, que con el pretexto de acercarlos en auto, los había llevado a otro lado, a la casa comunal, y los había amenazado con tenerlos prisioneros si no le revelaban el secreto. Ellos callaron, y permanecieron encerrados. Al día siguiente hubo un interrogatorio con todas las de la ley, y con otras amenazas, pero todo fue inútil, los niños no abandonaron su silencio.
Finalmente liberados, los tres pequeños fueron con sus ovejas a Cova da Iria el 19 de agosto, cuando, de repente, la luz del día disminuyó, oyeron el relámpago y la Virgen apareció: pidió a los niños que recitaran el rosario y se sacrificaran para redimir a los pecadores. Pidió también que se construyera una capilla en el lugar.
Los tres pequeños videntes, profundamente golpeados por la aparición de la Virgen, cambiaron gradualmente de carácter: no más juegos, sino oración y ayuno. Además, para ofrecer un sacrificio al Señor se prepararon con un cordel tres cilicios rudimentarios, que llevaban debajo de los vestidos y los hacían sufrir mucho. Pero estaban felices, porque ofrecían sus sufrimientos por la conversión de los pecadores.
El 13 de septiembre, Cova estaba atestada de personas arrodilladas en oración: más de veinte mil. A mediodía el sol se veló y la Virgen se apareció acompañada de un globo luminoso: invitó a los niños a orar, a no dormir con los cilicios, y repitió que en octubre se daría un milagro. Todos vieron que una nube cándida cubría a la encina y a los videntes. Luego reapareció el globo y la Virgen desapareció hacia Oriente, acompañada de una lluvia, vista por todos, de pétalos blancos que se desvanecieron antes de tocar tierra. En medio de la enorme emoción general, nadie dudaba que la Virgen en verdad se había aparecido.
El 13 de octubre es el día del anunciado milagro. En el momento de la aparición se llega a un clima de gran tensión. Llueve desde la tarde anterior. Cova da Iria es un enorme charco, pero no obstante miles de personas pernoctan en el campo abierto para asegurar un buen puesto.
Justo al mediodía, la Virgen aparece y pide una vez más una capilla y predice que la guerra terminará pronto. Luego alza las manos, y Lucía siente el impulso de gritar que todos miren al sol. Todos vieron entonces que la lluvia cesó de golpe, las nubes se abrieron y el sol se vio girar vertiginosamente sobre sí mismo proyectando haces de luz de todos los colores y en todas direcciones: una maravillosa danza de luz que se repitió tres veces.
La impresión general, acompañada de enorme estupor y preocupación, era que el sol se había desprendido del cielo y se precipitaba a la tierra. Pero todo vuelve a la normalidad y la gente se da cuenta de que los vestidos, poco antes empapados por el agua, ahora están perfectamente secos. Mientras tanto la Virgen sube lentamente al cielo en la luz solar, y junto a ella los tres pequeños videntes ven a san José con el Niño.
Sigue un enorme entusiasmo: las 60.000 personas presentes en Cova da Iria tienen un ánimo delirante, muchos se quedan a orar hasta bien entrada la noche.
Las apariciones se concluyen y los niños retoman su vida de siempre, a pesar de que son asediados por la curiosidad y el interés de un número siempre mayor de personas: la fama de Fátima se difunde por el mundo.
Entre tanto las predicciones de la Virgen se cumplen: al final de 1918 una epidemia golpea a Fátima y mina el organismo de Francisco y Jacinta. Francisco muere santamente en abril del año siguiente como consecuencia del mal, y Jacinta en 1920, después de muchos sufrimientos y de una dolorosísima operación.
En 1921, Lucía entra en un convento y en 1928 pronuncia los votos. Será sor María Lucía de Jesús.
Se sabe que, luego de concluir el ciclo de Fátima, Lucía tuvo otras apariciones de la Virgen (en 1923, 1925 y 1929), que le pidió la devoción de los primeros sábados y la consagración de Rusia.
En Fátima las peticiones de la Virgen han sido atendidas: ya en 1919 fue erigida por el pueblo una primera modesta capilla. En 1922 se abrió el proceso canónico de las apariciones y el 13 de octubre se hizo pública la sentencia de los juicios encargados de valorar los hechos: "Las manifestaciones ocurridas en Cova da Iria son dignas de fe y, en consecuencia, se permite el culto público a la Virgen de Fátima".
También los papas, de Pío XII a Juan Pablo II, estimaron mucho a Fátima y su mensaje. Movido por una carta de sor Lucía, Pío XII consagraba el mundo al Corazón Inmaculado de María el 31 de octubre de 1942. Pablo VI hizo referencia explícita a Fátima con ocasión de la clausura de la tercera sesión del Concilio Vaticano II. Juan Pablo II fue personalmente a Fátima el 12 de mayo de 1982: en su discurso agradeció a la Madre de Dios por su protección justamente un año antes, cuando se atentó contra su vida en la plaza de San Pedro.
Con el tiempo, se han construido en Fátima una grandiosa basílica, un hospital y una casa para ejercicios espirituales. Junto a Lourdes, Fátima es uno de los santuarios marianos más importantes y visitados del mundo.
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